Una pareja de esas que en boca de todos lleva décadas siendo perfecta. Él lleva pantalón de traje, camisa y calcetines que, por la visto, nadie le ha dicho que no pegan con el resto de la indumentaria bastante elegante. Ella postrada en la cama, con una bata de hospital y el culo al aire, y todo su orgullo de mujer puesto desde los pies hasta la cabeza, traje de cuello alto y manga larga.

Viene a verla a las siete de la tarde, y se va a casa para comer ya a mediodía. Ella le dice siempre en modo imperativo que vaya a ver si le han llevado el desayuno a la habitación de la que la trasladaron ayer, que saque la bata, recoja la bandeja… y, solo cuando le da permiso, él puede bajar a la cafetería a desayunar, ya después de que ella haya terminado.

A pesar de todo, él le coge la mano cuando se queda dormida.

Odola gozoegi

zuela esan zion medikuak.

Nori eta berari,

beti

bihotz garratza zuela

iruditu zitzaion hari.

 

Ez omen zen ona:

azukre gehiegi

odolean.

Beharbada horrek

garraztuko zion bihotza.

Azukrea zainetan

pilatzen zitzaion.

Compañeros

mayo 24, 2012

Compañero es alguien que te acompaña, en una tarea u otra, a lo largo de tu vida. Puede ser en un periodo de tiempo más o menos corto. Largo, incluso.

Con un compañero de clase aprendes a contar chistes, a explicar los ejercicios que el profesor no supo hacer, aprendes datos sobre enfermedades raras cuando se poen enfermo e, incluso, te vas de cena de vez en cuando. De un compañero de trabajo se aprende el día a día. Parejas, pañales, pasado, futuro, recortes, reyes, iglesia… y, de vez en cuando, a trabajar o no trabajar juntos. Con un compañero de atril… con un compañero de atril se aprende a sentir lo que él siente mientras lo está sintiendo, a respirar juntos y que de dos movimientos surja un único sonido, a ser parte de algo y pertenecer a esa unidad. Con un compañero de atril… con un compañero de atril se aprende a disfrutar de la vida.

Un compañero de atril enseña a medir, a entrar cuando el director da la entrada, a cortar en los silencios y esperar compases. Un compañero de atril enseña a poner arcos y digitaciones, a hacer pianos y fortes de orquesta, a tocar saltillo coando hace falta. Junto a un compañero de atril se aprende a trabajar duro, a luchar por conseguir algo que únicamente suena así en tu cabeza, pero quieres poder oirlo. Se aprende a soñar y perseguir sueños. Se viaja. Se toca cansado del autobús, quemado de la playa o de resaca. Se intercambian partituras y se prestan cinturones. Se dan consejos y se reciven. Se discute. Se dialoga. Se aprende. Se siente. Y, al final del concierto, de cara a los focos, se agacha la cabeza para agradecer que ha estado a tu lado, siempre, desde la primera nota. Para recordarle que para ti es importante. Tu media naranja de atril, tu gramo de zumo de orquesta, tu compañero.

He estado en Polonia y en Valencia, en Cuenca y en Cantabria, en Zaragoza y Sangüesa. Hemos sufrido juntos porque los chelos llevaban un día de viaje en camioneta mientras nosotros volábamos en avión. Hemos cantado y bailado, hemos ido a la playa, y hemos bebido hasta que el bar cerrara. Pero, por encima de eso, muy por encima de eso, hemos aprendido a respirar a la vez y sentir la respiración del de al lado en la nuestra. Hemos conseguido igualar velocidades de arco y matices. Esa sensación de pasarle la hoja a alguien y estar orgulloso de hacerlo. Crecer mientras el otro crece, y desaparecer con él. Hacer un final de frase que se desvanece con la mano del director y que sea el mismo silencio, un único silencio, el que se queda en la sala después de la última nota, tener el arco aún encima de la cuerda, y quitarlo, y sentir que se ha acabado, algo ha desaparecido. Escuchar cada nota que brota del instrumento contiguo para intentar que sea lo mismo lo que hacen brotar tus dedos, cada instante, cada silencio, cada hercio y cada decibelio. Respirar. Moverse. Sentir a la vez. De un compañero de atril se aprende, en definitiva, a apreciar la vida.

Ispiluan islatuta

ikusi du bere burua.

Ez du kristalaren atzeko

tipoa ezagutu.

Eta ea nor den

galdetu dio halako batean.

 

Bada urtebete

alzehimerra diagnostikatu ziotela.

Orain bizi izan dela

ahaztu duen agurea da.

Bere burua ispiluan

ezagutzen ez duen umea.

Edo filosofoa,

bere islari

nor den

galdezka.

 

El gotero contaba segundos, como si quisiera recordar que fuera el tiempo seguía pasando mientras la vida estaba congelada en aquella habitación blanca de paredes frías. A él le gustaba quedarse mirando el gotero, las gotas que caían despacio, una detrás de otra. Parecía que no quisiera perderse ninguno de aquellos segundos que algo aún por diagnosticar le estaba robando. Era como si tuviera la certeza de que cada gota que viera caer sería un segundo de vida cuando consiguiera salir de aquella habitación que congelaba el tiempo de cualquiera.

Yo solía quedarme mirándolo. De vez en cuando contaba las gotas que él veía  caer. Cincuenta desde que se ha ido la enfermera. Acabaron siendo nuestras únicas conversaciones. Siempre las gotas que parecían hacerlo ajeno a todo lo demás.

La ópera

mayo 9, 2012

En nuestra cuidad la ópera está en frente del zoo, como en todas las demás, supongo. Por eso acabamos viendo pingüinos y elefantes en lugar de los cantantes que habíamos decidido ver aquella tarde (aquella lejana tarde de la semana pasada en la que se interpretó La flauta mágica en Baluarte).

Llegamos a la puerta. Saco las entradas del bolso. Palco izquierda fila 11, butacas 21 y 19. ¿Cuál quieres? Le doy a elegir mientras miro fijamente el número 19 escrito en Times New Roman. Me mira. Sonríe. La 19. ¡Y eso que no hace ni caso en clase de mate! Cuando se trata de tocarme las narices ya sabe qué números son más raros que otros. Y, como no podía ser de otra forma, yo quería el más raro, el más singular.

Un grupo de alumnos del conservatorio desparramado en las filas 11 y 12. Accedieron a hacernos el 20% de descuento en la entrada, pero lo de poder ver la ópera era mucho pedir. En clase de óptica la distancia hasta el escenario sería infinito.

Miramos a los hombres trajeados y las señoras con vestidos elegantes y tacones incómodos. Por lo visto, no se puede ir a la ópera con menos de 200 euros de ropa encima. ¡Con lo poco que le hubiera importado a Mozart! Aunque, ya sabíamos a dónde veníamos, no todos saben diferenciar a los clásicos de los barrocos y les da igual que la ópera sea buffa o wagneriana.

Afina la orquesta. Aparece papageno con su flauta. Los de detrás se empiezan a reír. ¿Es de Purcel? le pregunta uno a otra. No, Mozart. Me temo lo peor.

No recordaba a la Orquesta Sinfónica de Navarra tan afinada, con un sonido tan empastado, matices tan cuidados y esa delicadeza. Me alegro. Se me ocurren unas pocas tonterías que no diré a nadie para que nadie se enfade. Empiezan los cantates, Tamino entra a escena.

Los de detrás no dejan de hablar. Intento ignorarlos. Me estoy poniendo de mal humor. Sus estúpidos trajes, mocasines y camisas elegantes. Y hablan, se ríen, aplauden antes de que el director de orquesta corte frases cuando los cantantes terminan sus arias. Si hubiera querido ver pingüinos me hubiera ido a zoo, que, además, cuesta menos. Tanta gente elegante pasando la tarde-noche del viernes. Podían haber ido a un bar, o una bolera, o algún sitio en el que lucir sus vestidos y su aparente clase, algún sitio en el que su ignorancia y mala educación no desentonen. Me pongo de mala leche cuando aplauden al terminar el Aria de La Reina de la Noche. Será lo único que conocen, los muy cultos. Como si no pudieran resistir a un aria de lucimiento para una soprano de coloratura, el público estalla en apalusos con la última nota de la Reina. Sin dejar que la orquesta termine la frase. Sin disfrutar del silencio que surge en la respiración entre una sección y la siguiente. Sin pararse a escuchar, ¡menudo delito!

Empiezan a sonar las trompas de elefante. Debería estar prohibido que la gente vaya a conciertos acatarrada. Señora, ¡quédese en casa! Y tosen a dúo, a trío, a tiempo y a contratiempo, tosen en corcheas y negras, siempre forte, siempre forte. Los de detrás comentan sin haber escuchado lo anterior e ignorando lo siguiente. La de delante abre y cierra el folleto informativo (¿para qué?, si no hay luz). Dos filas más allá alguien abre la cremallera del bolso. La de la neumonía sigue tosiendo y sacando mocos de su naríz de dos metros. A nadie le importa lo que pasa más allá de su traje, sus D&G de tacón estrecho o maquillaje hortera.

En el descanso arrasan con pinchos de tortilla o jamón y copas de vino. Nadie comenta nada sobre música. Es más importante llenarse la boca de cualquier otra cosa que de palabras. Dos minutos a la calle, que agobio, que panorama más incómodo.

Tres horas bien invertidas para quien ha ido a jugar con Mozart, a tocar la puerta de las logias masónicas (de aquella época, que ahora parecen un chiste), a jugar con pájaros absurdos y amores imposibles, con pirámides sin punta y hombres perdidos, a escuchar una historia, el sonido de un idioma, robar una imagen, atrapar un acorde.

Menos mal que, de vez en cuando, alguien decide interesarse por la cultura. Por ejemplo, luchando por que sus alumnos de historia puedan ir a la ópera a un precio más asequible del que las viejas con abrigos de pieles se pueden permitir.

Esta mañana hemos estado hablando sobre Santiago Nasar, Bayardo San Román, el honor, la muerte, el miedo, los pueblos, la investigación, metáforas e hipérboles. En clase de Lengua, intentando leer en la mirada de García Marquez. Esta tarde me vuelvo a encontrar Crónica de una muerte anunciada, en tuenti. Un texto de un jóven madrileño. Como título nos recuerda al colombiano: Crónica de una muerte anunciada. Otra muerte. Otra época. Otras circunstancias. Otro tipo de crónica. Una crónica de futuro. Mientras esperan esa muerte ya anunciada.

Al leer el texto intentaba imaginar con qué ojos mira el escritor a los jóvenes que le han robado el título, a los soñadores que utilizan sus palabras para luchar. Dibujo notas en su mirada. Las notas con las que los chicos sueñan en los ojos del novelista. Porque ellos han decidido mirar con sus palabras a una muerte anunciada.

Conocí el conservatorio en enero, una amiga me invitó a pasar unos días en su casa y decidimos dedicar aquella mañana a estudiar tranquilamente, escuchandonos la una a la otra, intentando dar consejos y hacer observaciones útiles y siempre, siempre aprender y disfrutar, que es lo que significa entrar a un conservatorio. Estuve en un aula pequeña, con un piano afónico en una esquina, el radiador apagado y una insonorización que, lejos de ser muda, chillaba a los cuatro vientos. Recuerdo a las amables señoras de la limpieza contándonos que llevaban meses sin cobrar. Y los paseos al baño. Hacía frío. Y los dedos no podían terminar los pasajes. Se iban adormeciendo al bajar la temperatura. No podía tocar media hora seguida. Me levantaba e iba al baño, a poner las manos debajo del secador de la pared. Y, con el calor del aire, volvía al aula a seguir jugando con Bach.

Hace unos días la amiga con la que compartí música aquel día me escribió: Leire, nos cierran el conser. Hoy leo en tuenti un texto que me deja boquiabierta. Quieren luchar contra los recortes en formación y sueños. Y lo hacen citando a Richard Strauss (“En la tierra nada se presta tanto para alegrar al melancólico, para infundir coraje a los que desesperan, para enorgullecer al humilde y debilitar la envidia y el odio como la música.”) y recordando a Gabriel García Marquez. La música les ha dado coraje para luchar por conservarla. Y, si han sido capaces de estudiar con los dedos helados y doloridos durante horas, de seguir adelante por escasa que fuera la ayuda para ello, de luchar por un sueño con poder seguir soñando como única certeza de futuro, la lucha será digna de admiración. Más teniendo en cuenta el poco caso que se hace a los jóvenes y la cultura.

Por eso hoy les invito a visitar el Conservatorio Montserrat Caballé de Arganda del Rey, a conocer a los jóvenes luchadores que yo conocí allí, a escuchar su música.

Empiezo la entrada el 23 de abril (son las 23:13). Lo sé, el día del libro. El maldito día del libro del que no se puede huir ni queriendo. Y que hemos convertido en celebración obligatoria de algo inexistente. Como si los libros necesitaran un día, como si los libros merecieran un día al año. Así que hoy paso. Paso de obligaciones y celebraciones. Paso de usar un calendario a quien otro ha pintado los días de colores. Y es que hace tiempo que decidí que sería yo la que pintara mi calendario, a pesar de que nunca fui buena pintora. Hoy un día más, hoy un libro más. Porque celebrar el saber cada día es lo que hace que los libros tengan sentido el 24 de abril, 5 de noviembre, 3 de enero…

Nueva poesía en el viejo reyno. Debo admitir que el título no me gustó. Será que no todos entendemos el amor a la tierra con el mismo humor. Aunque algo de cierto tiene, y de crítico. Pero, a pesar de que la poesía haya sido arma en muchas guerras, no me gusta la política en títulos de antologías. No me gustan los dedos en verso en la llaga de la historia. Será que soy joven y estoy en una edad muy mala y no sé qué es el mundo. Aunque, los jóvenes por falta de experiencia y los viejos por haberse quedado atrás, tal vez nadie sepa qué es el mundo.

Nadie sabe qué es el mundo. Ni falta que hace. No, al menos, mientras podamos seguir inventándolo. Si no, los soñadores nos quedaríamos sin trabajo, ni lectores, que es mucho más grave. Inventar el mundo. En eso hemos pasado un rato esta tarde. En la biblioteca de Burlada, con la excusa de la presentación de la antología que ha recopilado, según fuentes fiables con bastente acierto, los mejores poemas de los mejores poetas navarros actuales. Una antología que ha sabido mirar a los ojos a la poesía del siglo XXI sin tener que apartar la mirada. Una mirada firme, con más o menos experiencia, juventud y vivencias, pero siempre vital y con ganas de futuro. Poesía que no tiene miedo a mirar hacia adelante, huyendo de quedar estancada como las llagas de la historia.

Hacía mucho que no pisaba la biblioteca. Incluso me he perdido. Al llegar a la sala pretendo quedarme en una esquina, en última fila. Pero no se oye. La señora de delante me mira mal cuando paso al lado de su paraguas en medio del pasillo. En el pequeño escenario, la mujer del centro de la mesa da un codazo a la poeta de su lado. Me mira. Sonríe.

Dani Aldaia, con sus juegos de palabras propios de un poeta joven. Y lee despreocupado. Sin aspavientos de ningún tipo. Lee como si tocara Mozart o Haydn. Y siento el clasicismo en sus versos.

Sigue Alfredo Rodriguez (o Alfonso, como ustedes quieran, que aunque le jorobe todos le cambian el nombre). Me acuerdo de Phoebe en Friends, Alfredo está afónico (me abstengo de detalles del capítulo de la serie, no sería serio). No les queda mal la afonía (a los poemas). Tal vez sea una metáfora de que el autor no pretende decir lo que el poeta lee, ni siquiera lo dice, o tal vez él mismo no lee lo que escribe. Todo poeta debería encargar algún día de afonía para ocasiones especiales. No está mal recitar con sordina.

Maite Pérez Larumbe. Sin micro, ¡con dos pulmones! Me gustan los poetas que se atreven a recitar sin micro. Tal vez porque le tengo miedo al micrófono. O porque un poema es algo desnudo, un rastro de tinta en una página en blanco. Y la voz tiene que estar desnuda para apoderarse de cada átomo de aire con sus hondas expansivas. Me sorprende. No sabía poner voz a sus poemas. Me gusta. La seguridad. La voz. La firmeza. El poema. El siguiente.

Fernando Luis Chivite. El F.L. Chivite de los comentarios de texto de clase. El farolito que encendió la sonrisa de una joven decidida a luchar contra viento y marea en todo lo que tuviera que ver con la literatura y aprender a escribir. Lee despacio. Con pausas largas. Espera a que el sonido se apague del todo, deja un silencio, y retoma el poema. Y me viene a la mente Atxaga (o Jose Irazu Garmendia, aún no sé distinguirlos). Tranquilo, sosegado, midiendo cada palabra y cada silencio. El Atxaga que se tumba en el respaldo de la silla cuando da una charla. El Atxaga al que todos han leído y cualquiera que pretenda escribir tiene como ejemplo y maestro. Y me sorprende la vergüenza que esconden los textos sin niguna y el filo del bolígrafo convertido en mejillas enrojecidas.

Javier Asián habla de gimnasios y novias de instituto. A saber qué estarán pensando las, probablemente, viejas verdes de la segunda fila. Nunca pensé en ligar con poemas. Tal vez porque no sé escribir poemas de amor. Aunque es verdad que un poema de amor puede estar conectado a un respirador, o abierto en canal. Y pone a Einstein a escribir versos, como si con números no hubiera sabido hacer poesía. Y me planteo si la ciencia es poesía o la poesía es, en su estado más puro, una ciencia más. Operaciones a corazón abierto y la teoría de la relatividad, cuidados intensivos a los poemas. De repente me encuentro en clase de ciencias. Y ahora no sé si los poetas letrosos (puedo asegurar que es una enfermedad) juegan a ser científicos o la poesía también necesita operaciones a corazón abierto para sobrevivir.

Por último, ya que Alfonso Pascal Ros y Francisco Javier Irazoki no han venido, Marina Aoiz. No sé por qué me recuerda los cuentos de cuando era niña (sabiendo siempre que los cuentos son infinitos para quien sabe verlo). Hace tiempo que le pinté cara de sirena sobre sus rasgos amables y cálidos. Tal vez por el imponente color del pelo. Quizá fue el calor de dos besos desconocidos. O las historias que el tiempo ha dibujado en su mirada, e invitan a viajar a mundos (probablemente inexistentes) que la poeta dibuja con trocitos de sus viajes. Sus poemas, que tantas veces he leído porque ni siquiera yo he sabido acordar conmigo misma qué leo en ellos. Y su voz. Su voz de terciopelo morado de una sala barroca francesa. Yo, como no soy nadie ni a nadie le importa lo que diga, puedo decir que, si me dejaran elejir la voz que me cuenta cuentos por la noche, sería la suya. Sin saber explicar por qué con palabras técnicas de melodías, timbres y frecuencias.

Salimos de la biblioteca. Me encuentro a tres klasekides (compañeras de clase). Salen de estudiar filosofía de la sala de enfrente. Les digo que hoy estoy con mis locos, con mis poetas. Me miran raro (ya estoy acostumbrada); tal vez creían que todos estaban muertos, o encerrados en bibliotecas, o en estanterías llenas de polvo viejo. Y sonríen: Leire, qué rara eres, qué cosas te gustan. Eres la única de nuestra edad, es como si fueras varias personas a la vez. Me está llamando vieja, o algo parecido. Creo que es poeta (no sabe qué quiere llamarme pero quiere decir algo). Les confieso que solo he ido a bajar la media de edad de los escuchantes. Una caña en el bar de enfrente.

De procesión

abril 13, 2012

Pedro es el más alto del pueblo, mide 2 metros, ni un centímetro más ni uno menos. Hace años que lleva el paso más grande de la procesión, como hacía su padre antes que él. Miguel y Fernando son exactamente iguales. No porque sean gemelos, sino porque miden los dos 175cm. Ángel es el más bajito del pueblo. Siempre lo ha sido. Es más bajo, incluso, de lo que era su tío, que también fue el más bajo del pueblo. Mide un metro y medio. Siempre van juntos a la taberna los domingos por la mañana, y juegan al mus, y llevan a los mismos bailes a sus mismas mujeres en su mismo pueblo desde hace años. También llevan el mismo paso en las misma fechas año tras año. Delante Pedro y Miguel. Detrás de Pedro Fernando y a su derecha Ángel. Nadie sabe cómo lo hacen, a todos les parece Fernando demasiado débil y Pedro demasiado alto y el paso demasiado pesado y el camino demasiado largo. Cien kilos no son ninguna tontería. Pero siempre, siempre lo hacen bien. Sin un traspiés, un pisotón, un rasguño, un balanceo.

Me he quedado mirando a los cuatro hombres. Aún no entiendo cómo lo hacen. Uno de ellos tiene que llevar mucho más peso que los demás, está claro. Pero, ¿quién? Y, si alguien se anima con los cálculos, ¿cuánto más peso?

Artazu

abril 12, 2012

Artazu. Har ta zu. Edo har ezazu. Edo… edo ez dakit nondik datorren izena. Barka, filologoekin eman dut goiza eta toponimia eta aditzoinak eta ez dakit zer demonio, ez naiz ezertaz enteratu eta txorakeriak esaten amaitu dut. Zer egingo diogu, ba? Geografian sekula ez nintzen ongi moldatu, iparrorratzaren beharrik gabe ere beti asmatu dudalako neure ipar propioa non marraztu. Eta euskaran… tira, euskara klaseetan euskaraz amets egiten ikasi nuen, euskaraz, ordea, ezer gutxi. Eta hemen emaitza, herrien izenak nondik datozen… hori ere asmatu behar!

Artazu Nafarroa erdialdeko herri zoragarria da, Iruñatik hogei bat kilometrotara hego-mendebaldera. Baina hori ez nekien lagun batek bere herria ezagutu behar nuela esan zidanean. Beti etorri behar zuela Iruñara lagunekin izatera eta joateko ni herrira, ez zuela Iruñara etortzeko gogorik. Ez nintzen joan.

Gaueko hamarrak. Telefonoa hoska. Filologo Jauna. Oporraldi osoa desagertuta eta, hara non, gaueko hamarretan “Bihar mendira. Etorriko zara, ezta?”. Eta nola esan ezetz mendi irteera bati Filologo Jaunarekin batera. Goizeko bederatzi eta erdiak edo izango ziren Artazura iritsi garenean. Filologo Jauna, arreba matematikaria, aita eta Leire. Goierritar familiaren artean. Eskerrak arreba txikiaren moduan hartu duten ikasle txoro hau.

Lur agertu zaigu herriko plazan, mendi inguru zoragarri batean kokaturiko herri horren plazan. Bai, azkenean zapaldu dut bere herria.

Aurrera egin dugu, mendi artean. Aldapatxoa gora, aldapatxoa behera eta Filologo Jauna filologia ikaslearekin hizketan. Artean burua zenbakiekin betetzea gustatzen zaion bat, aditzoin eta toponimo artean galduta eta belarrari begira. Hezkuntzaz hitz egin dugu, gazteriaz, politikaz, irakasle on eta txarrez (txarrez batez ere), bilerez, klaustroez, lanorduez, grebez, lanaz, etorkizunaz, ametsez. Eta Txaro hurbildu zaigu, erromatar galtzadarriei begira jarri gaitu, eta inguruko herrien izenekin jolasean. Txaro da… zerbait berezia duten emakume horietako bat, beti harritzen zaituena. Txaro da… beste filologo bat, urrun izanda ere harrapatu egiten zaituena, bere begirada hurbilarekin.

Eta aurrera jarraitu dugu, soro artean eta bide erditik. Aurrera jarritu dugu eta busti egin gara, xalala xalala riki riki, dutxan da, larala, ur hootzarekin… Eta aurrera jarraitu beharrean, tontorra begiztatu arren buelta eman dugu, euritan eta busti-busti eginda. Polita izan da. Polita izan da ibili eta ibili eta bustitzea. Belar busti usaina. Freskotasuna. Hezetasuna. Tantek aurpegia laztantzea. Iletik behera ura erortzea. Zira jantzi eta ibiltzen jarraitzea.

Buelta matematikari andrearekin egin dut (filologia gehiegitxo egun bakarrarentzako). Ez dugu zenbakiez hitz egin. Bizitzaz, gaixotasunez, ikasketez, bidaiatzeaz, lagunez, ikasleez, ikaskideez, aurrera egiteaz, nota behar baino baxuagoez, biharko egunaz aritu gara. Joxe etorri den arte. Joxe etortzen denean beti hasten gara ikasketez hizketan eta literatur lehiaketei buruz amaitzen dugu. Ez dakit zergatik. Ez dakit zergatik baina gustatu egiten zait. Kontatzen duena. Kontatzeko modua. Ahotsa. Jarrera. Gogoa. Inplikazioa. Eta, ibilian ibilian, gure bila zetorren autoraino iritsi gara.

Banekien herri batean bizi zela, Iruñara etorri nahi ez zuela eta kontatu zidan. Ez nekiena zen jauregi batean bizi zirenik. Egia esan, Lurrek printzesa irribarrea dauka. Beti egiten du irribarre. Baina momentu bakoitzari nolako irribarrea eskaini jakiten du. Polita da Lur irribarre egiten ikustea. Txarok… Txarok erregina begirada dauka. Jantzia. Bizitzari zukua ateratzen jakin duela eta horretan ari dela esaten du Txaroren begiradak. Diamante distira daukate Txaroren begiek, gaztetxoei eta bizitzari irrikaz eta ilusioz begiratzen dietenak.

Txarok erakutsi digu etxea. Bodega, paretako uztarria, sutontzi zaharra, aitona-amonen argazkiak, paretetan jarritako brodatuak, pasilloan zeharreko gelak, sutondoa, sukaldea eta goiko sukaldea, terraza, jolastoki bilakatutako ikuilua, etxe azpian ezkutatutako putzua, leihoak eskaintzen duen argazkia eta inguruko herri eta mendien izenak, harrien historia, iskina bakoitzaren xarma.

Bazkaldu ondoren ametsetan izan gara. Barnetegia antolatu dugu etxean, unibertsitateko ikasketak amaitu ditugu, eleberriak idatzi, ikasleak ezagutu, emanaldiak egin, jende berriarekin harremanak estutu, mahatsak bildu ditugu eta zukua atera, eta intxaurrak pilatu eta tomate landareak hazten ikusi eta ezinezkoak bizitzen irudikatu dugu geure burua. Hilerrian abizenak bilatu ditugu eta intxaurrondoak zenbatu eta haizeari irribarre egin eta mendiei begiratu eta igerilekua ikusi eta hurrengo batean… hurrengo bat izango dela adostu dugu. Hurrengo mendi irteera, hurrengo klasea, hurrengo emanaldia, hurrengo kontzertua, hurrengo bertso-afaria, hurrengo… Hurrengoan ere elkarrekin tarteak gozatzeko gogoz izango garela erabaki dugu, eta printzesa irribarreak eta diamantezko begiradak eta ametsak eta ilusioa eta elkarlana eta poza eta gogoa eta lanerako irrika eta harreman-estutzea eta laguntasuna eta inplikazioa eta… eta…

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